Con profundo dolor y con el corazón lleno de gratitud, despedimos a nuestra querida Tía Emma, María Elena Hernández López, quien partió en paz, mientras dormía, el 18 de septiembre de 2026, apenas dos días después de cumplir 104 años.
Nació cuando México apenas comenzaba a recuperarse de la Revolución, y fue testigo de un siglo entero de historia. Conservó la lucidez hasta el último día, y con ella una memoria prodigiosa que compartía con generosidad. Cuando le preguntaban cómo había vivido tanto, respondía que siempre había sido curiosa y que quería saber qué pasaría después.
Como hija mayor, asumió desde muy joven la crianza de sus hermanos menores, entre ellos mi padre. Fue, en todo el sentido de la palabra, la matriarca de la familia Hernández.
Enviudó siendo muy joven, con un hijo pequeño, y fue entonces cuando encontró en la enfermería no solo el sustento para sacar adelante a su familia, sino la vocación de su vida. A ella dedicó más de 45 años. Su carrera abarcó urgencias, clínicas, ortodoncia y la unidad de trauma del Centro Médico Nacional La Raza, y se retiró como Jefa de Enfermería del Hospital de Traumatología y Ortopedia Magdalena de las Salinas del IMSS. Retirarse nunca fue fácil para ella. Alguna vez me confesó: "Anoche soñé que todavía estaba trabajando. Estaba tan feliz. Ojalá siguiera trabajando."
Su hijo, Emilio Eduardo, "Lalo", fue productor teatral y llevó a escena numerosas obras en los teatros del IMSS, entre ellas El Mago de Oz. Ella creyó en él siempre, al grado de apoyar su sueño de fundar un circo. Cuando Lalo partió, se vistió de negro, y así la recordamos siempre.
Fue una mujer de carácter. Tenía una sonrisa discreta pero contagiosa y reía con facilidad. Era meticulosa y exigente en todo, desde el orden de su casa hasta sus finanzas: nunca tuvo una deuda ni una tarjeta de crédito, y sin embargo siempre tuvo lo suficiente para ayudar a los demás. Quienes vivimos con ella sabemos bien que las cosas se hacían bien o no se hacían. Era profundamente devota: cubría su cabeza con un velo en misa y jamás faltó un domingo. Cuando ya no pudo salir de casa, la misa llegó a ella. Su fe era firme, pero nunca juzgó a nadie. Tenía sus opiniones y las compartía, pero siempre sin malicia.
Para nosotros, más allá de su impresionante trayectoria, fue como tener una doctora en casa. Curó la mayoría de las heridas de unos niños traviesos que siempre andaban metiéndose en problemas. Cuando mi padre se quedó sin trabajo, ella pagó nuestras colegiaturas sin dudarlo. Fue el apoyo de muchos en la familia: con consejos, con cuidados y con largas conversaciones.
Siempre agradeceré esas pláticas sobre el pasado. Ella me contó de dónde viene mi nombre y cómo era mi padre de niño y de joven. Sus últimas palabras para mí fueron: "Nunca te olvides de Dios." No lo haré, tía.
Le precedieron en la partida su esposo y su amado hijo, Lalo, cuya ausencia llevó en el corazón toda la vida, sostenida por su fe. Hoy nos consuela pensar que por fin están juntos. La sobreviven sus numerosos sobrinos, sobrinos nietos y bisnietos, para quienes fue mucho más que una tía: fue una segunda madre, una abuela, una consejera y un ejemplo de fe, entrega y servicio.
Gracias por dar tanto de ti a tantos. Te extrañaremos siempre.
Tus sobrinos.
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